dissabte, 21 de novembre del 2009

La vida mancha


Mientras recojo mi destino del frío suelo de la cocina, suena el timbre, dudo que hacer, abro o no abro. Es evidente que no puedo, demasiado atareado, no debo parar. Empiezo a estar confuso, veo borroso, me cuesta centrarme en la fregona, el suelo, el cubo. Oigo una voz gritando del otro lado. No lo entiendo muy bien, dice algo así como no hijo no… Esta vez lo conseguiré, estoy más cerca que nunca… Aporrean la puerta, los gritos, la voz... La sangre sigue manchándolo todo.
2009-11-13- jose?

dimarts, 10 de novembre del 2009

Rencor


La sangre sobre la nieve es más roja. Humea vapor carmesí. Se expande ondeando en círculo. Extiende largos dedos. El cuerpo inerte en bellísima estampa, obra de arte efímero.
La caída apenas duró dos segundos. El empujón fue limpio. Subido en el taburete, con el torso fuera, como siempre, fumando, mirando la calle, hiciera frío o calor, lloviese o nevase. Nevaba.
Ocurrió tres o cuatro veces. Siempre se arrepentía. Yo olvidaba motivos. El espejo mostraba el cuadro, “dedos marcados” podría ser el título.
Hacía años que no nevaba en la ciudad.
2009-10-15- jose?

dimecres, 28 d’octubre del 2009

Ser nombre


Joan Gadi.
La vulgaridad en persona y su remedio.

La vulgaridad que viene dada por el nombre tiene varios remedios.
El primero y más común, es cambiarlo, lo cual sólo viste de seda.
El segundo es perder la vulgaridad a través de la diferencia, de manera que lo de menos sea el nombre y tomen importancia los diferentes motes que te va dejando la vida. No se pueden resistir, que destacas por un pelo bien puesto: bienpeinao; que destacas por tu color: la rubia; que tus gafas llaman la atención; gafotas o empollón cuatro ojos; que no les suena bien: joanga; que deciden que te pareces a alguien: Kurt. La lista podría ser infinita como infinitos son lugares experiencias y grupos con los que se comparten minutos.

Aún así tengo la suerte de no llamarme como mi padre, y la mala suerte de llamarme como él querría haberse llamado. Eso pesa, la proyección es abrumadora y el deseo que yo sea lo que él no pudo ser, un lastre.

En realidad me debería haber llamado José por parte de padre y Antonio por parte de tío, y por culpa de normas religiosas imperantes, unos cuantos nombres más dictados por aquellos que marcan las normas familiares sin conocer familia alguna al menos reconocida. Por desgracia no fue así, seguramente llamándome José Antonio hubiera dictado grandes cosas por el país.

Al fin y al cabo, ¿no será sólo una percepción subjetiva? ¿Qué importa ser o no ser especial? ¿No sirve sólo el hecho de ser?

Voy a poner remedio. A partir de ahora no seré ni excepcional ni vulgar. Me voy a dedicar al no ser.

Jose? 2009_10_21